martes, 25 de enero de 2011

De mentes raras












  Sólo alguien sin algún elemento común -que todos los demás sí tienen - en su cerebro, es capaz de alejarse de la sociedad, no sin que le importe, qué le va a importar si ni siquiera reconoce qué consecuencias puede acarrear esto. Sólo alguien sin ese elemento hace su trillo afuera del camino principal y se aleja de la multitud, sea porque la vida "normal" lo trauma o porque sabe que tiene mejores posibilidades.

  Personas inadaptadas; que le tienen miedo a puertas automáticas, ascensores, aprenden caminar a los 2 años y medio, a hablar a los 4 y nunca comprenden las relaciones extrapersonales. Ven al mundo en colores, en sabores, en armonías, tritonos y escalas o en ecuaciones. Se dan cuenta de que los engranes de la vida encajan y funcionan perfectamente. Sus días no son depresivos y grises; pero están llenos de dudas existenciales y algunas preguntas inquietantes.

Es extraño, pero necesitan sentirse abrazados o redeados por algo que preferiblemente no sea otro ser humano. Dar vueltas por el suelo les da esa seguridad, calma sus nervios.

  Una generación crece, madura, acepta, asimila y tolera mejor mientras crece. Y entonces estas mentes raras (por supuesto, en el sentido de no común) sobresalen destacándose en la habilidad que desarrollaron ejercitando cierta zona de enlaces cuando otros como el habla o socializar demás tenían insuficiencias significativas.

  Uno se da cuenta, entonces, de lo más importante. Real capacidad mental, o ser normalucho como el resto.

  Los dos compositores favoritos de Einstein eran Mozart y Bach. Pensaba que su música no eran invención de seres humanos, si no -por decirlo así - bellas armonías provenientes del cosmos puestas en pentagrama. Él mismo resolvía incógnitas con fórmulas de ensayo y error. Probabilidad tras probabilidad, y rompía apuntes en pedazos, tiraba hojas en pelotas al suelo, tiraba todo lo que había en la mesa cabreado, y empezaba de nuevo después de un descanso. Cuando tenía una incógnita personal, daba largos paseos por la pradera, o tocaba el violín para inspirarse en esas melodías espaciales.

 Al final, todos deseamos tener algo realmente especial en nosotros; algo que cambie al mundo, y trascender. Pero esas megamentes que queremos ser son mero mito. Antes de que nuestro cerebro sea el mejor software, todos somos imperfectos y de por sí especiales: humanos, y no necesitamos más que una mente abierta y ejercitada para marcar nuestra huella en la historia.

  La constante no son mentes autistas, sino mentes raras en estos tiempos: mentes sin límites.

1 comentario:

  1. Si señor, me ha hecho pensar este post. Yo por ejemplo me considero una mente rara...xD. Y como bien dices somos imperfectos y por tanto especiales. Siempre he dicho que una mente abierta vale por tres, en cambio una mente cerrada no ve más allá de sus limitaciones.
    Un saludito!

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