sábado, 3 de marzo de 2012

  De vez en cuando me llama la atención el enredo de culturas que somos mi familia. El ejemplo más claro sería mi madre: ayer llegamos a la casa y lo primero que me dijo es que en la casa no había feng shui. Que el móvil de bambú de la entrada, que le daba música a toda la calle, se había caído y roto. Luego, mi padre había intentado clavar una campana al lado de la puerta, y la campana se cayó y dejó las marcas en la pared. Me dijo que no había forma de hacer la casa un lugar agradable.

  Estoy de acuerdo con ella. Desde que nos pasamos, hace más de un mes, no me he podido sentir aliviada cuando entro, ni por asomo. Siempre es más estresante.

  Pongamos de ejemplo la casa de antes. Estaba más alejada del mundo, pero en el momento  que uno entraba se respiraba diferente. Los árboles de al frente y el cielo ennegrecido de octubre daban paz cuando estaba en la sala tomando té. Siempre fue algo hermoso.

Tal vez sea algo de acostumbrarse, y, aunque suene raro, acostumbrar la casa a uno, si uno en serio es fiel a crear el equilibrio del feng shui. Hasta donde recuerdo, no he tenido que pasar una tarde de lluvia sola con mi té. Espero que, cuando eso suceda, tenga tiempo libre y pueda ver las horas caer a través de la ventana.


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