miércoles, 4 de julio de 2012

3 de Julio del 2012

Ahí estaba, parada en el balcón de un salón del Museo de los Niños, viendo gente y gente y más gente entrar, alimentando un mar oscuro de trajes sobre cabecitas que conversaban entre sí.
Y aunque suene dramático, y use muy mal mis recursos de escritora para narrar todo lo que sucedió ayer; sucedió.

Me desperté como lo había planeado: una hora después desde que la alarma sonó por primera vez. Mi cerebro es el mejor de todos cuando de ignorar sonidos se trata, y más para recordar y poner en práctica los trucos para hacer que las alarmas dejen de sonar. Tardé una hora y media alistándome, la cual incluyó encender la computadora y revisar alguno que otro vídeo entre mis suscripciones.

Llegué al colegio sin desayunar, porque nunca me despierto de humor para hacerme comida, y me puse a esperar con todos a que llegara el bus que nos llevaría a San José. Antes, recogimos unos exámenes y fuimos a comprar malvaviscos, que terminaron siendo una pésima inversión y que prometo no volver a comer en mucho tiempo.

Algunos policías y varias personas serias, de negro, con lentes nos recibieron a la entrada, y fue cuando me empecé a preguntar qué haríamos en verdad en ese lugar. No a cualquier colegio lo invitan a este tipo de eventos, al parecer.

La rigurosidad y casi ridiculez de las exigencias tanto de las autoridades como de nuestros propios guías me parecieron exageradas y anormales.

Sentirse pequeño, fue algo general. Como cuando uno está haciendo fila para ser chequeado en el aeropuerto, y hay muchos guardas vigilando. "¿No tiene ninguna cuchilla en el bolso?" me pareció gracioso, y de una u otra forma mi reacción le pareció así al señor del control de seguridad antes de entrar al evento. Las amenazas pueden venir de cualquier lugar, no lo niego, pero con mi cara de no tengo idea de cómo llegué acá se reducen mucho.

Políticos, embajadores, gente que uno ve por tele... para celebrar el aniversario 236 de la Independencia de Estados Unidos. El evento estuvo muy bien hecho, colgaron banderas de los estados de los balcones, flores temáticas en mesas altas, buen catering. Algo impresionante para muchachos --me atrevo a decir -- como nosotros.

Conocer al Dr. Franklin Chang, algo bastante impresionante. No por haber hablado con él, porque ninguno de nosotros pudo, sino porque cosas como ésta son lo último en lo que hubiera pensado cuando me senté el año pasado a hacer un examen de admisión. Yo me decía que mis buenas notas eran buenas notas en un colegio con un nivel académico bajísimo, y que habían personas de mi edad mucho más brillantes de lo que yo me podría imaginar. Pues todo esto era cierto. Pero aún así entré.

En cuanto a eso de tomarse fotos con don Franklin, algunos compañeros lo hicieron, yo no. Me di cuenta que lo último que necesito en este mundo es una foto con alguien con quien no pude conversar, con alguien a quien no le pude preguntar qué sintió, o qué quiere hacer de su vida una vez que todos sus proyectos crucen la meta del éxito.

Este día no lo quiero recordar con imágenes, sino con una promesa.

(en todas las imágenes sonríe igual. Da miedo)

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