martes, 9 de junio de 2015

No hay mal que por bien no venga

Era 10 de Mayo del 2014 e iba en un bus por Ochomogo viendo hacia las montañas. Se veían verdes y azules, las crestas parecían difuminarse con el cielo blanco. Muy humilde decir a estas alturas de mi vida que ese fue mi peor día. Vi desplomarse una tras otra cada una de mis seguridades y lo único que pude hacer fue llorar en un pasillo de un centro comercial lleno de gente.

La depresión, la ansiedad, y la inseguridad que éstas traen consigo, son una enfermedad que un día entra por una oreja y se esconde en un rincón, esperando el momento adecuado. Poco a poco se va comiendo el sentido común, y la motivación, y eventualmente arrasa con todos los planos de la vida. Y en ese aspecto, lo que pasó en Mayo del 2014 no fue la consecuencia de lo que sucedió ese día. Fue la consecuencia de varios meses de pudrición.

Todo se veía oscuro. Se escuchaba, se sentía oscuro. Era como bajarle el volumen a la vida. Quería dormir todo el día, en la noche no podía dormir de la ansiedad, y cuando tenía que salir de mi cuarto, cualquier cosa me distraía. La textura de los árboles, la forma en la que la luz del atardecer pasa entre las hojas y juega en una pared, la acera mojada por la lluvia. El ojo se agudiza para ver las cosas por las que vale la pena vivir. Era consciente de la incapacidad de sentirme conmovida por ellas.

Mi papá dice que hay una parte del cerebro, primitiva, encargada de protegernos de la muerte. Supongo que ese instinto me salvó. Estar sola y finalmente entender lo que significa solo tenerse a uno mismo. Pude haberme hundido, pude haberme puesto a leer poemas tristes, pude haber abandonado la u y enrollarme en mi propia espiral de perdición. Sin nadie ahí para tratarme como una niña, sin nadie ahí para subestimarme, sin nadie ahí para quitarle validez a mis sentimientos, entendí que era mi culpa.

Y por mi propia motivación empecé a ir a nadar, a caminar, a dibujar, a hacer collares. A darle regalos a mis amigos, a escuchar a los demás, a leer libros constructivos. Y poco a poco mejoré. Aunque me sentía igual de melancólica, a veces lograba estar consciente de que había esperanza y que si seguía así, un día iba a recordar esos meses con compasión.

A veces soy tan feliz que me parece injusto. Todo es tan brillante y lleno de texturas. Es injusto con la Gaby de hace un año que estaba luchando por perdonarse a sí misma por la rabia que se tragó al intentar ser la novia, la amiga y la hija perfecta. La mayoría de las cosas lindas que hago hoy en día nacieron en Mayo del 2014; mis mejores hábitos, los collares que más uso, mi compasión. Cosas que no nacieron de la impotencia y la tristeza.

Sino de las ganas más puras de ser feliz.

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