martes, 26 de junio de 2012

Esta entrada la hago por inercia.

Sí, por negarme al cambio de estado.

Hoy me entregaron dos promedios semestrales. Un 93 y una promesa de mejorarlo. No veo cómo mejorar un 93, pero debe ser posible. Mejorarlo sería como... ¿tener un 96?
Un 80. Y el profe piensa que soy completamente capaz de subirlo. Que me tengo que esforzar más.
Lo de esforzarme no lo niego. No me parece que me haya esforzado lo suficiente. Hasta me siento como alguien parte del Opus Dei de estudiar: siempre pienso que el dolor no es suficiente y que debo sufrir más. A lo que me refiero es que parece que puedo mejorar, pero es porque yo entiendo cómo se plantean los ejercicios. Y hago todos los planteos para ganar la mayor cantidad de puntos posible. Pero una vez hecho, no lo entiendo, porque lo que hice fue recordar la clase y cómo el profe recomendó resolver el ejercicio. Y eso necesariamente no me trae a la cabeza la idea de cómo entrarle al ejercicio. (La práctica no me ayuda tanto. Algo más me está faltando.)

Estoy cansada. Y muchos compañeros lo están también.

Pero no precisamente ayudarles les va a ayudar. Por más que quisiera reconfortarlos, sé que eso no es útil. Estos retos se llevan personalmente. El que no es capaz de llevar la carga por sí mismo no está preparado para la vida. Y es feo, y es feo, y es feo, pero llorar no ayuda. Abandonar el reto tampoco.

Hoy fui con unos compañeros a McDonald's. Y solo nos quedamos ahí... hablando. Viendo CNN (con el signo ~ encima), comentando la realidad mundial y haciendo funciones en las servilletas. Todos somos diferentes ahora.


Hoy dormí una siesta. Me desperté y vi un pedazo de Harry Potter. Y me dije que no importaba no estudiar Cívica. Ya me había esforzado semanas antes. Y esa siesta antes del semestral era la recompensa.


Hasta que recordé que la final de la Olimpiada de Química es este viernes.


Y me senté frente a la computadora. Para, de alguna forma, evadir el hecho de que no me he esforzado lo suficiente.

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