El paisaje se movía rápidamente por de la ventana. Volvió a ver a las otras personas del bus. Se acomodaban para descansar.
Verde.
Hojas grandes y dañadas por la inclemencia del clima, tallos gruesos, ásperos. Árboles altos, anchos, negros, llenos de parásitos. Todo se iba.
Como si no hubiera pasado.
Como si no hubiera pasado.
___
Eran las 5:18am. Una luz blanca se filtraba por la lámina translúcida del techo de la cabaña; débil.
Le dolía la espalda.
Sus compañeras de cabaña, recién levantadas, se vestían para ir a caminar. Se quejaban de sus caras de dormidas, de cómo no se podían mover por el frío, de cómo el pelo no se les acomodaba como querían.
Se levantó y lentamente bajó del camarote al suelo, frío por la noche, por la lluvia, por la bruma, por la tristeza de un bosque que siempre llora. Se puso un pantalón y sus zapatos favoritos y después de pasar a los baños comunitarios para verse al espejo, se fue al sitio de reunión de la caminata, esperando encontrarse con muchas personas.
Solo una persona. El que parecía el líder dentro del staff, el grupo de personas que guiaban y supervisaban las actividades del campamento.
--Buenos días.
--Buenos días --repuso sonriendo. Aun hacía frío y no estaba muy claro, pero confiaba en que una caminata programada al amanecer debía tener una razón de peso.
Se sentó a esperar.
___
No tuvo mucho tiempo para pensar consigo misma durante el campamento. Pero era lindo. Bruma, montañas en todas direcciones, ausencia de señal telefónica, una total desconexión del resto del mundo, como por arte de magia. Las actividades obligaban a todos a mezclarse entre sí, desembarazarse, inventar, ser espontáneo, reír.
Entre todas, se destacaba la laguna. Era de un verde ajeno, verde de algas de principio de los tiempos, un verde que mudaba a azul de cielo, cuando el cielo no estaba completamente nublado. En la laguna se estaba en el centro del Universo.
--¿Y cómo se llama usted? --la necesidad suya de ustedear siempre.
--Kevin. ¿Y usted? --dijo acercándose a ella. Sonreía de una forma amigable y cercana, como lo hacen las personas que solo caerían mal si uno detestara lo lindo; o si estuviera de mal humor.
Las personas bailaban, esparcidas por el salón. Y ellos, justo en el centro, sin bailar, se veían las caras, y esporádicos círculos de colores pasar sobre ellas. Era risible, ambos no tenían nada que hacer y de igual modo no podrían hacer nada. Era la expresión de 'quiero vivir y las reglas no me dejan'.
Mientras leía en el lugar más extraño que pudo encontrar para hacerlo, se distrajo. El verde que la rodeaba era más azul que otra cosa, y la creciente oscuridad le hacía desear más que nunca encontrar algo para no estar triste. Un animal entre los árboles, alguien que se sentara a su lado -que no fuera una compañera o alguien con que soliera conversar. Desubicada y desconsolada, más lejos que nunca de lo que le daba felicidad a su vida, viéndose obligada por el aburrimiento a leer un libro cuyos personajes detestaba; húmeda su entera existencia, por la tristeza del bosque, de las rocas y de cada pájaro que se acercaba a los lagos.
Como si no hubiera pasado. Eso le decía el asiento vacío a su lado y las risas apagadas del fondo del bus. Pero la tristeza de verano seguía siendo la brisa entre los árboles y las personas dentro de cada casa disimulada por el musgo.
Era cada expresión que no terminaba, y esa estúpida sensación al final de cada frase.
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--¿Y cómo se llama usted? --la necesidad suya de ustedear siempre.
--Kevin. ¿Y usted? --dijo acercándose a ella. Sonreía de una forma amigable y cercana, como lo hacen las personas que solo caerían mal si uno detestara lo lindo; o si estuviera de mal humor.
Las personas bailaban, esparcidas por el salón. Y ellos, justo en el centro, sin bailar, se veían las caras, y esporádicos círculos de colores pasar sobre ellas. Era risible, ambos no tenían nada que hacer y de igual modo no podrían hacer nada. Era la expresión de 'quiero vivir y las reglas no me dejan'.
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Mientras leía en el lugar más extraño que pudo encontrar para hacerlo, se distrajo. El verde que la rodeaba era más azul que otra cosa, y la creciente oscuridad le hacía desear más que nunca encontrar algo para no estar triste. Un animal entre los árboles, alguien que se sentara a su lado -que no fuera una compañera o alguien con que soliera conversar. Desubicada y desconsolada, más lejos que nunca de lo que le daba felicidad a su vida, viéndose obligada por el aburrimiento a leer un libro cuyos personajes detestaba; húmeda su entera existencia, por la tristeza del bosque, de las rocas y de cada pájaro que se acercaba a los lagos.
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Como si no hubiera pasado. Eso le decía el asiento vacío a su lado y las risas apagadas del fondo del bus. Pero la tristeza de verano seguía siendo la brisa entre los árboles y las personas dentro de cada casa disimulada por el musgo.
Era cada expresión que no terminaba, y esa estúpida sensación al final de cada frase.
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