que valga la pena.
Eso fue lo que escribí ayer cuando nos dieron un papelito y nos pidieron que escribiéramos un deseo a Dios en él.
Entre todas las cosas que analicé durante la convivencia, estuvo eso precisamente. Cómo tener fe ayuda a cualquier persona a aguantar lo difícil de existir. Las religiones son más que nada un compromiso con uno mismo. Congregarse una vez por semana, orar una vez o varias veces al día, o retirarse de la sociedad para enfocar todos sus esfuerzos a un dios o a una doctrina, es para estar en paz consigo mismo, mas que para estar en paz con un ser superior.
El motivador -un señor gordo y orgulloso de ello -, nos contó que cuando era niño era el blanco de las burlas de todos. Le decían apodos. Y un día decidió que aprendería correctamente el nombre de cualquiera que conociese, y nunca le haría a nadie lo que le habían hecho a él. Fue lindo ver cómo al final del día él sabía los nombres de todos mis compañeros. Esta anécdota me dio gracia porque él creció para hacer sentir mejor a las personas, solo para hacer el bien con lo que tenía a mano.
Durante el almuerzo estuve con el señor y con Iria, hablando. Sobrevivir en un colegio científico no es difícil por estudiar o por mantenerse con buenas notas, sino por la presión. Ella la pasó muy mal con su familia por el colegio, y yo también. Teníamos ganas de llorar porque nos estábamos abriendo con un señor que habíamos conocido hace tres horas acerca de algo que nos venía molestando hace un año.
Admiro a las personas con fe. Cuando yo iba a Catequésis me parecían inverosímiles tantas cosas. Pero yo las aceptaba. Seguramente porque era pequeña y no era lo suficientemente crítica para estar en contra. Hacia mi segundo año de catecismo yo participaba mucho más en actividades de la iglesia que la mayoría de mis compañeros, más que nada porque era un año mayor y podía leer y escribir mucho mejor que ellos. Hacia mi tercer año hice varias lecturas bíblicas durante la misa de 10 de los domingos. Me gustaba ir el jueves o el viernes a la casa de mi profesora a practicar la lectura antes de la misa, ponerme ropa bonita y leer frente a tantas personas una biblia enorme con bordes dorados. Y mis papás no estuvieron en ninguna de esas misas. Difícilmente estuvieron ambos durante mi Primera Comunión. Seguí yendo todos los domingos a misa, a pesar de no saber bien cómo rezar, ni qué pedir, ni por qué las señoras se arrodillaban y sufrían tanto. Durante esos domingos, usualmente me sentaba sola o con alguna vecina y pensaba que la mitad de la biblia era mentira -porque Adán y Eva no eran posibles, ni esos exagerados milagros tampoco-, pero que Dios estaba ahí arriba y él no lo era. Meses después nació mi hermano y usé eso como una excusa para no volver a ir.
Mi transición a no creer en un ser superior fue indolora e inadvertida. Me di cuenta que a pesar de que yo rezaba todas las noches y le pedía a Dios tanto, nunca le había creído realmente. Había hecho todo eso porque me habían dicho que lo hiciera, pero no fue feo porque me sentía bien yendo a una clase los sábados y sintiéndome orgullosa de mí misma cuando me decían que había leído bien. Hace unos 3 años investigué y encontré al noteísmo, el movimiento de pensamiento que mejor me describía. Hay religiones noteístas -el Budismo, el Jainismo -, que no necesitan un ser superior para cumplir sus propósitos.
Ahora solo puedo sentir gratitud por todas esas señoras y por todas esas monjas que me dieron clases, pero no por el padre durante esos años, porque el muy fruto nunca me habló.
Hace un semana me siento rara. No siento odio, frustración o felicidad. Ni siquiera paz. No estoy segura de qué es, ni por qué es; pero me siento como flotando. Me duermo por estar cansada o por evitar pensar más, y me despierto buscando una forma de que sea fin de semana. Debe de ser por mis padres. No veo por qué más. Hace unos días me dijeron que no me van a apoyar en mis decisiones estúpidas. Yo solo quería participar por el Colegio del Mundo Unido. Ninguno se tomó el tiempo de analizarlo o de investigar. Y el hecho de que no me apoyaran me golpeó muy fuerte. Me empecé a cuestionar si alguna vez me habían apoyado en algo. Y la verdad es que nunca escuché ninguna palabra reconfortante de parte de ellos, nunca.
Y llegué al tope ayer, cuando volví al colegio de la convivencia, nadie estaba ahí por mí. Vivimos a 2.2km del colegio, y ninguno estaba ahí. Estaban ambos padres de casi todos, muchos de ellos con flores. Pero no me quebré. No me gusta verme vulnerable, porque no había nadie que lo comprendiera. Y después vi a los papás de Gabi llorando, a los papás de Iria llorando, y no pude. Al principio, fue recordar todo lo que sufrí con ellas y después ver que ellos estaban ahí por ellas, que todos tenían a alguien ahí por ellos.
Hasta yo.
Cuando todos tenían a sus padres al frente, y yo no tenía nadie, llegó la profesora Johanna y luego el director. El director después me abrazó, pero no recuerdo bien qué me dijo. Yo no quería escuchar. No quería seguir llorando, porque sí tenía a las mejores personas a mi alrededor. A pesar de que mis padres nunca lo digan, yo sé que valgo la pena; después de tantos años de no haberlo escuchado.
Quiero que mi vida valga la pena, y lo voy a lograr no importa qué.
:(
ResponderEliminary que lo valga.
ResponderEliminar*abrazo* Hmmmm :D
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