Porque las veces en que el tiempo no alcanza para conversar las horas y las penas del alma se estanca en los ojos. No deja ver, y, al tiempo, tampoco deja respirar.
Porque cuando uno conoce tanto a alguien, las actitudes mutuas dejan de ser sorpresivas. Ya no son frescas, sino predecibles. Conocemos sus expresiones, y sabemos exactamente cómo reaccionar ante ellas para resolverlas en caso de ser problemáticas.
En esos días que encontraba barreras inexplicables en mi felicidad, sabía exactamente cuáles estas eran. Lo inexplicable es que no pudiese borrarlas. Era el aura que iluminaba las florituras, el vacío pensamiento de los due gatti neri, y en -no puedo delatarme- esa reminiscencia alrededor de aquel tono verde -que me perturba hasta hoy, y por supuesto que hace que me arrepienta de lo que escribo...
Aún hoy pienso que ese día hice un pacto imaginándome estas palabras que estoy escribiendo; las más confusas, incluso para mí misma. Entre los charcos y la humedad aún latente, con los pies fríos y mojados, pensé que la vida se estaba quedando atrás.
El que busca, encuentra. Y entre multitudes dispersas por la lluvia, no encontré ese rostro. ¿Pero quién dice que es ahí donde está?

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