La luz comenzó a filtrarse por entre las persianas descubriendo lentamente inspirado en lo japonés (el cual era parte del edificio de su casa; un raro arreglo con su mamá). Primero se iluminó la pantalla japonesa, y la tinta verde de sus bambúes descubrió su color, luego el jarrón con grabados en azul, luego el sofá; todo lentamente. En un día normal –los cuales habían quedado atrás desde hacía un mes – ella estaría en aquel sillón beige, esperando a que un rayo (como aquellos que vio cuando visitó el bosque tropical; una moneda de oro) tocara las hojas del bonsái en la mesita de té, para comenzar el día oficialmente. Cuando el cielo amanecía oscuro y triste, ella también lo estaba. Pero hoy, como los pasados treinta días –que parecían hacerse años –, no llevaba a cabo este ritual de meditación porque algo estaba interrumpiendo su paz interior.
Yacía expandida sobre su cama cuando el rayo tocó las hojas del bonsái y de pronto ella se levantó por un impulso rutinario. Hace poco estaba todo oscuro, uno nunca tiene tiempo para descansar, pensó.
Era martes. «Jueves con otro nombre» se repitió a sí misma y empezó a hacer lo diario.
Al otro lado de la ciudad, con el rumor marino al pie del balcón, la brisa marina y el naciente y constante piar de las gaviotas, el sol volvió a aparecer, anunciando al día, nuevo comienzo, pero también otra jornada laboral y seis horas más de lidiar con las mismas personas. Dejó salir un suspiro –de ésos que pueden significarlo todo y nada al mismo tiempo – y comenzó con su rutina mañanera, harto.
Salió al balcón y sintió la brisa del océano. Ya le hartaba.
Yacía expandida sobre su cama cuando el rayo tocó las hojas del bonsái y de pronto ella se levantó por un impulso rutinario. Hace poco estaba todo oscuro, uno nunca tiene tiempo para descansar, pensó.
Era martes. «Jueves con otro nombre» se repitió a sí misma y empezó a hacer lo diario.
Al otro lado de la ciudad, con el rumor marino al pie del balcón, la brisa marina y el naciente y constante piar de las gaviotas, el sol volvió a aparecer, anunciando al día, nuevo comienzo, pero también otra jornada laboral y seis horas más de lidiar con las mismas personas. Dejó salir un suspiro –de ésos que pueden significarlo todo y nada al mismo tiempo – y comenzó con su rutina mañanera, harto.
Salió al balcón y sintió la brisa del océano. Ya le hartaba.
No les faltaba nada en su mundo hasta que descubrieron otro.
-de mis primeros cuentos e historias
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